El desván de nuestra mente

Visto en la página de Facebook Pitonisas y Chamanas. 

Todos tenemos un desván, al menos yo llamo así a ese espacio de la mente que nos condiciona y NOS RESTA LIBERTAD cuando lo mantenemos cerrado e ignorado, un lugar que nos parece tenebroso y polvoriento, que hemos aprendido a temer y evitar, que hemos dejado de lado porque quizás nos han insinuado o hemos visto desde nuestra infancia que es una zona que nadie a nuestro alrededor visita, de la que no se habla, el lugar de la casa que muchos conocen pero en el que no se atreven a entrar por miedo a pensar que quizás sea algo horrible lo que ahí encontrarán (o más bien, de lo que saldrá de ahi si abren su puerta), miedo a lo desconocido al fin y al cabo.

El desván de nuestra mente es particular (si, como la canción infantil del patio) no está lleno de cajas, no almacena polvo ni tampoco huele que yo sepa a moho, humedad, a papel viejo o a madera podrida, … pero los efectos de tenerlo cerrado son perniciosos y palpables en nuestro día a día.

En este desván se pueden encontrar (como en tantos otros desvanes) las cosas que hemos heredado de padres, familiares cercanos, educadores (muchas de las cuales, a su vez, heredaron ellos de los suyos) …y que casi hemos olvidado que conservamos. Su peculidaridad consiste en que en vez almacenar pertenencias materiales, contiene:

Nuestras CREENCIAS más enraizadas y de las que menos dudamos, creencias que defendemos a capa y espada aunque muchas veces no entendamos bien porqué; en las que deseamos llevar la razón siempre o sentir que son compartidas por los demás para sentirnos válidos y mantener alta nuestra autoestima.

La IMAGEN que creemos que proyectamos, heredada de la visión que sobre nosotros han tenido (o pensamos que han tenido) personas importantes en nuestra vida. Visión muy miópe y carente de realidad en muchas ocasiones.

Las ETIQUETAS que nos han puesto otros sobre lo que pensaron que somos (adjetivos que dicen más de ellos mismos que de nosotros) y que creímos tan ciertas que hasta las seguimos confundiendo actualmente con nuestro auténtico Yo.

Las CRÍTICAS que sobre aspectos de nuestro comportamiento nos hicieron y que confundimos con carencias de nuestro Ser, con estar incompletos, críticas estas que personalizamos y a las que dimos y aún inconscientemente damos crédito.

Todo esto lo fuimos almacenado automáticamente en nuestro subconsciente, sobre todo durante nuestra infancia (cuando nuestras capacidades cerebrales aún distaban mucho de estar completamente desarrolladas y no disponíamos por tanto de otro lugar donde depositarlo, ni de la COMPRENSIÓN o posibilidad de análisis y discernimiento adecuados para digerirlo) … continua ahí guardado.

Nuestra labor es sanear todo esto (“limpia, fija y da esplendor”), disponernos a REALIZAR UN INVENTARIO, revisar su contenido. Cuando ponemos luz en el desván (suele estar a oscuras) cuando nos tratamos con cariño y comprendemos humildemente su contenido, sin juzgarlo, estamos abriendo sus ventanas, oxigenándolo tal y como sucede con las heridas físicas que deseamos curar. Quizás en un principio necesitemos ayuda cualificada para saber como y por donde empezar y una mascarilla antipolvo para no ponernos a toser.

Es importantísima esta tarea, porque, si no la llevamos a cabo, estaremos abocados a vivir una vida no tan plena y genuina como podríamos tener, seremos sin saberlo, durante toda nuestra existencia, tan solo ROBOTS o AUTÓMATAS con programas de comportamiento prefijados por otros (posiblemente con buena intención en el fondo). Esos patrones mentales no detectados nos condicionarán de tal manera en todas nuestras facetas vitales que al final de nuestra vida pensaremos que esta no ha tenido sentido, que ha sido una broma macabra, un timo, una carrera continua sin lógica alguna.

Pero aunque estas consecuencias por sí solas parecen algo terrible, lo peor de no realizar esa tarea de inventario y limpieza es que la “maldición del desván” proclama que todo eso que tratamos de mantener tapado o ignorado, lo daremos en herencia a nuestros descendientes más queridos (incluso en peor estado muchas veces, de como recibimos de nuestros precursores), y serán probablemente palos en las ruedas de nuestros hijos que quizás no les impidan avanzar del todo pero que dificultarán en gran medida sus vidas y les provocarán mucho sufrimiento autoinfligido e inútil si no tienen la suerte de despertar, de “darse cuenta” por ellos mismos de lo que en verdad les está ocurriendo..

Aunque no todo es negativo y tóxico en este desván, no todo es suciedad y basura hedionda, también están las “joyas de la corona”, las riquezas (valores) que se han ido transmitiendo de generación en generación y que hemos de tomar, limpiar, pulir y conservar para ofrecer (que no significa obligar a tomar) a la siguiente generación, aunque sin duda el regalo más valioso para los que vengan luego es el hacerles ver que dicho desván es simplemente un lugar más de nuestro hogar (aunque con sus peculiaridades) que necesita lógicamente ser saneado y puesto en orden de vez en cuando tal y como hacemos con el resto de nuestra casa.

HABILIDAD EMOCIONAL.

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Cuando me amé de verdad.

Cuando me amé de verdad…, comprendí que en cualquier circunstancia yo estaba en el lugar correcto, en la hora exacta, en el momento exacto.Entonces, me relajé…Hoy sé que eso tiene nombre: autoestima.

 

Cuando me amé de verdad…, me di cuenta de que mi angustia y sufrimientos emocionales no pasan de ser una señal de que voy en contra de mis verdades… Hoy sé que eso es… autenticidad.

 

Cuando me amé de verdad…, dejé de desear que mi vida fuese distinta y comencé a ver que todo lo que sucede contribuye a mi crecimiento… Hoy a eso le llamo… madurez .

 

Cuando me amé de verdad…, comencé a entender cómo es ofensivo forzar alguna situación o a alguien sólo para realizar mis deseos… Hoy sé que el nombre a esto es… respeto.

Cuando me amé de verdad…, comencé a despojarme de todo lo que no fuera saludable: personas, tareas y cualquier cosa que me desanimara. En principio, mi razón me llamó la atención acerca de esa actitud de egoísmo… Hoy sé que se llama… amor propio.

 

Cuando me amé de verdad…, dejé de temerle a mi tiempo libre y de hacer grandes planes. Abandoné proyectar a muy largo plazo. Hoy hago lo que considero correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo… Hoy sé que eso es… simplicidad.

 

Cuando me amé de verdad…, desistí de querer tener siempre la razón y con eso cometí menos errores… Hoy descubrí la… humildad.

 

Cuando me amé de verdad…, dejé de revivir el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida realmente ocurre… Hoy vivo un día a la vez… Eso es… plenitud.

 

Cuando me amé de verdad… entendí que mi mente puede perturbarme y decepcionarme. Pero cuando la coloco al servicio del corazón, se torna una enorme y valiosa aliada… Todo eso es… saber vivir

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